Gestionar las emociones es todo un arte, pues hay que saber cuando profundizar en ellas y cuando detener la introspección. Trabajar con la tristeza, es adentrarse en las heridas que tenemos dentro.
Hoy nos vamos a centrar en la tristeza, una emoción primaria que en los manuales de psicología hemos catalogado bajo la etiqueta de “depresión”.
Considero importante hacer un apunte a esta etiqueta: lo que hemos denominado depresión, es un estado de tristeza o melancolía mantenido en el tiempo.
Ese estado, al que hemos llegado a subcatalogar como “crónico”, permitiendo mantener a los pacientes en una dulce sensación de incapacidad (pues así nos mantenemos ahí y no nos metemos en el meollo del asunto vital que atormenta), es un sentimiento grande de malestar que nos índica una cosa: la necesidad de hacer un reajuste en tu vida, y para ello, hay que quitarse las etiquetas y echar una buena dosis de coraje.
La mayor medicación para la tristeza, es el coraje.
Cuando nos encontramos ante un sentimiento de tristeza que nos invade, tenemos dos opciones terapéuticas: profundizar o cambiar el estado.
El tema aquí, es saber cuándo hacer una u otra y el tempo de permanencia en la opción escogida.
Primero, es importante saber cuál es tu herramienta preferida, es decir, cuál de las dos opciones es más habitual para ti. Cuando hayas hecho ese análisis, has de saber que debes profundizar en la contraria. Mas no siempre.
Vamos a lo práctico:
Si eres una persona muy rumiativa, y cuando te invade esta sensación, tiendes a aislarte del mundo, lo primero que puedes hacer es tratar de identificar qué te entristece, y después ir a cambiar el estado haciendo otras actividades en soledad y en compañía. Así no niegas el proceso ni te encierras y victimizas en él. Tras haber hecho otras actividades, con la mente despejada y proactiva, puedes buscar formas de mejora y ajuste que te ayuden a cambiar el estado de incomodidad que subyace a esa tristeza. Este trabajo requiere constancia en saber instrospeccionar un poco y salir hacia fuera para no entrar en círculos victimistas que corren el riesgo de buscar atención externa.
Si por el contrario, eres una persona que tiende a hacer cientos de actividades y/o rodearse de personas, hay que parar ese círculo y hacer eso que tanto miedo te da: sentir. Lo terapéutico para ti sería cerrar tu agenda, recogerte y ver qué se está moviendo dentro, permitir que se libere y mirarlo de frente. Desde esa liberación, buscar qué necesitas y procurar que todo lo que crees necesitar, te devuelva a ti. Aquí es clave que aprendas a proporcionarte todos los consejos, mimos, atenciones y planes en soledad. Este trabajo requiere constancia en no huir y en mirar hacia dentro. Cuidado con el arquetipo del/de la “fuerte” por miedo a no profundizar.
Como ves, el mundo emocional es todo un arte y una recompensa enorme: nos permite vivir plenamente gestionando cada tempo que se presenta, permitiéndonos el reajuste.
Pilar Manero Tornil
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